Posteado por: FREDY FERIS | 23 de noviembre de 2009

Obra Poética del Maestro Rafael de León para Declamadores y Amantes de la Poesía

ASÍ TE QUIERO

El día trece de julio

yo me tropecé contigo.

Las campanas de mi frente,

amargas de bronce antiguo,

dieron al viento tu nombre

en repique de delirio.

Mi corazón de madera

muerto de flor y de nidos,

floreció en un verde nuevo

de naranjos y de gritos,

y por mi sangre corrió

un toro de escalofrío,

que me dejó traspasado

en la plaza del suspiro.

¡Ay trece, trece de julio,

cuando me encontré contigo!

¡Ay, tus ojos de manzana

y tus labios de cuchillo

y las nueve, nueve letras

de tu nombre sobre el mío

que borraron diferencias

de linaje y apellido!

¡Bendita sea la madre,

la madre que te ha parido,

porque sólo te parió

para darme a mí un jacinto,

y se quedó sin jardines

porque yo tuviera el mío!

¿Quieres que me abra las venas

para ver si doy contigo?

¡Pídemelo y al momento

seré un clavel amarillo!

¿Quieres que vaya descalzo

llamando por los postigos?

¡Dímelo y no habrá aldabón

que no responda a mi brío!

¿Quieres que cuente la arena

de los arroyos más finos?

Haré lo que se te antoje,

lo que mande tu capricho,

que es mi corazón cometa

y está en tu mano el ovillo;

que es mi sinrazón campana

y tu voluntad sonido.

Nunca quise a nadie así;

voy borracho de cariño,

desnudo de conveniencias

y abroquelado de ritmos

como un Quijote de luna

con armadura de lirios.

Te quiero de madrugada,

cuando la noche y el trigo

hablan de amor a la sombra

morena de los olivos;

cuando se callan los niños

y las mocitas esperan

en los balcones dormidos;

te quiero siempre: mañana,

tarde, noche… ¡por los siglos,

de los siglos! ¡Amén! Te

querré constante y sumiso,

y cuando ya me haya muerto

antes que llegue tu olvido,

por la savia de un ciprés

subiré delgado y lírico,

hecho solamente voz

para decirte en un grito:

¡Te quiero! ¡Te quiero muerto

igual que te quise vivo!

 

PENA Y ALEGRÍA DEL AMOR

Mira cómo se me pone

la piel, cuando te recuerdo.

Por la garganta me sube

un río de sangre fresco,

de la herida que atraviesa,

de parte a parte mi cuerpo.

Tengo clavos en las manos,

y cuchillos en los dedos,

y en la sien, una corona

hecha de alfileres negros.

Mira cómo se me pone

la piel cuando recuerdo

que soy un hombre casado…

¡y sin embargo, te quiero!

Entre tu casa y mi casa

hay un muro de silencio;

de ortigas y de amapolas,

de cal de arenas y viento,

de madreselvas oscuras

y de vidrios en acecho.

Un muro para que nunca

lo pueda saltar el pueblo,

que anda rondando la llave

que guarda nuestro secreto.

Y yo bien sé que me quieres,

y tú sabes que te quiero,

y lo sabemos los dos,

y nadie puede saberlo…

¡Ay, pena, penita, pena

de nuestro amor en silencio!

¡Ay, qué alegría, alegría

quererte como te quiero!

Cuando por la noche a solas,

me quedo con tu recuerdo,

derribaría la pared

que separa nuestro sueño.

Rompería con mis manos

de tu cancela los hierros

con tal de verme a tu lado,

tormento de mis tormentos,

y te estaría besando

hasta quitarte el aliento.

Y luego… ¡qué se me da

quedarme en tus brazos, muerto!…

¡Ay, qué alegría y qué pena

quererte como te quiero!

Nuestro amor es agonía,

lucha, angustia, llanto, miedo,

muerte, pena, sangre, vida,

luna, rosa, sol y viento.

Es morirse a cada paso

y seguir viviendo, luego,

con una espada de punta

siempre prendida del techo.

Salgo de mi casa al campo

sólo con tu pensamiento,

para acariciar a solas

la tela de aquel pañuelo

que se te cayó un domingo

cuando venías del templo,

y que no te he dicho nunca,

mi vida, que yo lo tengo;

y lo aprieto entre mis manos

lo mismo que un limón nuevo,

y miro tus iniciales,

y las repito en silencio

para que ni el campo sepa

lo que yo te estoy queriendo…

Ayer, en la Plaza Nueva,

–mi vida, no vuelva a hacerlo–

te vi besar a mi hijo,

a mi hijo, el más pequeño,

y cómo lo besarías,

¡ay, Virgen de los Remedios!

que fue la primera vez

que tú me diste un beso.

Llegué a mi casa corriendo

alcé mi niño del suelo

y, sin que nadie me viera,

como un ladrón en acecho,

en su cara de amapola

mordió mi boca tu beso,

¡Ay, qué alegría y qué pena

quererte como te quiero!

Mira: pase lo que pase,

aunque se hunda el firmamento,

aunque la tierra se abra,

aunque lo sepa to’ el pueblo

y ponga nuestra bandera

de amor a los cuatro vientos,

¡sígueme queriendo así

tormento de mis tormentos!

¡Ay, qué alegría y qué pena

quererte como te quiero!

 

“TOÍTO TE LO CONSIENTO”

¿Te acuerdas de aquella copla

que escuchamos aquel día

sin saber quién la cantaba

ni de qué rincón salía?…

¡Qué encanto! ¿Verdad?

¡Qué duende, qué sentimiento,

pero qué estilo, qué voz!

Creo que se nos saltaron

las lágrimas a los dos.

“Toíto te lo consiento

menos faltarle a mi mare,

que una mare no se encuentra

y a tí te encontré en la calle”.

No vayas a figurarte

que esto va con intención,

tú sabes que por tí tengo

grabao en el corazón

el querer más puro y firme

que ningún hombre sintiera

por la que Dios, uno y trino,

le entregó por compañera.

Pero es bonita la copla

y entra bien por soleares:

“Toíto te lo consiento

menos faltarle a mi mare”.

Y me enterao casualmente

de que le faltaste ayer.

Y nadie me lo ha contao;

nadie, pero yo lo sé.

Que tengo entre dos amores

mi cariño repartío,

si encuentro el uno llorando

es que el otro lo ha ofendío;

y, mira, nunca me quejo

de tus caprichos constantes:

¿Quieres un vestío?…catorce.

¿Quieres un reloj?… de brillantes.

Ni me importa que la gente

venga de mí murmurando

que si soy pa tí un muñeco

que si me has quitao el mando…

Que en la diestra y la siniestra

tienes un par de agujeros,

por donde se va a los mares

el río de mis dineros.

Que yo con tal de que nunca…

de mi lao te separes…

“Toíto te lo consiento

menos faltarle a mi mare”.

Porque ese mimbre de luto

que no levanta la voz,

que en seis años no ha tenío

contigo ni un sí ni un no,

que anda como pavesa,

que no gime ni suspira,

que se le llenan los ojos

de gloria cuando nos mira.

Que me crió con su sangre,

y me guiaba la mano

para que me persignara

como tó fiel cristiano;

y en las candelas del hijo

consumió su juventud

cuando era…cuarenta veces

mucho más guapa que tú;

tienes que hacerte la cuenta

que la has visto en los altares

e incártele de rodillas

antes que hablarle a mi mare.

Porque el amor que te tengo

se lo debes a su amor.

Que yo me casé contigo

porque ella me lo mandó.

Con que a ver si tu conciencia,

se aprende esta copla mía,

muy semejante a aquel cante

que escucháramos un día,

sin saber quién lo cantaba

ni de qué rincón salía.

“A la mare de mi alma

la quiero desde la cuna.

Por Dios, no me la avasalles

que mare no hay más que una

y a tí te encontré en la calle”.

 

ROMANCE

Yo me acerqué hasta tu vera

con miedo, ¿por qué negarlo?

En las sienes me latían

cincuenta y dos desengaños;

gris de paisaje en los ojos,

risas sin sol en los labios,

y el corazón jadeante

como un pájaro cansado.

Yo me acerqué hasta tu vera

con miedo, ¿por qué negarlo?

Te reventaba en la boca

un clavel de veinte años

y en la mejilla un süave

melocotón sonrosado.

Cuando dijistes: «Te quiero»

fue tu voz igual que un caño

de agua fresca en una tarde

calurosa de verano.

Se me echó encima el cariño

lo mismo que un toro bravo

y quedé sobre la arena

muerto de amor y sangrando

por cuatro besos lentísimos

que me brindaron tus labios.

De la sien a la cintura,

de la garganta al costado.

¡Qué boda sin requilorios

sobre la hierba del campo!

¡Qué marcha nupcial cantaba

el viento sobre los álamos!

¡Qué luna grande y redonda

iluminó nuestro abrazo,

y qué olor el de tu cuerpo

a trigo recién cortado!

El pueblo, a las dos semanas

hizo lengua en los colmados,

en las barandas del río,

en la azotea, en los patios,

en las mesas del casino

y en los surcos del arado:

«Un hombre que peina canas

y que le dobla los años».

Es cierto que peino canas

pero en cambio, cuando abrazo

soy lo mismo que un olivo,

igual que un ciprés sonámbulo,

Cristobalón de aguas puras

que atraviesa el río a nado

si ve en la orilla unos ojos

o una boca hecha de nardos,

para cortarle el suspiro

con el calor de mis labios.

Que me escupan en la frente,

que me pregonen en bandos,

que vayan diciendo y digan.

Tú conmigo; yo a tu lado

respirando de tu aliento,

yendo al compás de tus pasos,

refrescándome las sientes

en la palma de tu mano.

Centinela de tus sueños,

hombro para tu descanso,

Cirineo de tus penas

Y San Juan de tu calvario

para quererte y tenerte

en la noche de mis brazos.

¡Qué importa que haya cumplido

cincuenta y pico de años!

¿En qué código de amores,

en qué partida de cargos,

hay leyes que determinen

la edad del enamorado?

En cariños no hay fronteras,

ni senderos, ni vallados,

que el cariño es como un monte

con un letrero en lo alto

que dice sólo: «Te quiero»

Y colorín colorado.

 

ROMANCE DE AQUEL HIJO

Hubiera podido ser

hermoso como un jacinto

con tus ojos y tu boca

y tu piel color de trigo,

pero con un corazón

grande y loco como el mío.

Hubiera podido ir,

las tardes de los domingos,

de mi mano y de la tuya,

con su traje de marino,

luciendo un ancla en el brazo

y en la gorra un nombre antiguo.

Hubiera salido a ti

en lo dulce y en lo vivo,

en lo abierto de la risa

y en lo claro del instinto,

y a mí… tal vez que saliese

en lo triste y en lo lírico,

y en esta torpe manera

de verlo todo distinto.

¡Ay, qué cuarto con juguetes,

amor, hubiera tenido!…

Tres caballos, dos espadas,

un carro verde de pino,

un tren con cuatro estaciones,

un barco, un pájaro, un nido,

y cien soldados de plomo,

de plata y oro vestidos.

¡Ay, qué cuarto con juguetes,

amor, hubiera tenido!…

¿Te acuerdas de aquella tarde,

bajo el verde de los pinos,

que me dijiste: — ¡Qué gloria

cuando tengamos un hijo!?

Y temblaba tu cintura

como un palomo cautivo,

y nueve lunas de sombra

brillaban en tu delirio.

Yo te escuchaba, lejano,

entre mis versos perdido,

pero sentí por la espalda

correr un escalofrío,

y repetí como un eco:

-¡Cuando tengamos un hijo!…

Tú, entre sueños, ya cantabas

nanas de sierra y tomillo,

e ibas lavando pañales

por las orillas de un río.

Yo, arquitecto de ilusiones

levantaba en equilibrio

una torre de esperanzas

con un balcón de suspiros.

¡Ay, qué gloria, amor, qué gloria

cuando tengamos un hijo!…

En tu cómoda de cedro

nuestro ajuar se quedó frío,

entre azucena y manzana,

entre romero y membrillo.

¡Qué pálidos los encajes!

¡Qué sin gracia los vestidos!

¡Qué sin olor los pañuelos

y qué sin sangre el cariño!

Tu velo blanco de novia,

-por tu olvido y por mi olvido-

fue un camino de Santiago,

doloroso y amarillo.

Tú te has casado con otro,

yo con otra hice lo mismo…

Juramentos y palabras

están secos y marchitos

en un antiguo almanaque

sin sábados ni domingos.

Ahora bajas al paseo,

rodeada de tus hijos,

dando el brazo a… la levita

que se pone tu marido.

Te llaman… ¡doña Manuela!;

usas guantes y abanico,

y tres papadas te cortan

en la garganta el suspiro.

Nos saludamos de lejos,

como dos desconocidos;

tu marido sube y baja

la chistera; yo me inclino,

y tú sonríes sin gana,

de un modo triste y ridículo.

Pero yo no me hago cargo

de que hemos envejecido,

porque te sigo queriendo

igual o más que al principio,

y te veo como entonces,

con tu cintura de lirio,

un jazmín entre los dientes,

y la color como el trigo

y aquella voz que decía:

-¡Cuando tengamos un hijo!…-

Y en esas tardes de lluvia,

cuando mueves los bolillos,

y yo paso por tu calle

con mi pena y con mi libro

dices, con miedo, entre sombras,

arropada en el visillo:

-¡Ay, si yo con ese hombre

hubiera tenido un hijo!…”

 

ROMANCE DE LA VIUDA ENAMORADA

Siempre pegada a tu muro

y al filo de tus almenas;

siempre rondando el castillo

de tu amor; siempre sedienta

de una sed mala y amarga

de desengaño y arena.

Por qué te querré tanto?

Por qué viniste a mi senda?

Quién hizo brillar tus ojos

en la noche de mi pena?

Qué lluvia de mal cariño

quiso convertirme en yedra,

que va creciendo y creciendo

pegada a tu primavera?

Ay, que montaña de amor

tengo sobre mi cabeza!

Ay, que río de suspiros

pasa y pasa por mi lengua!

Yo estaba en mis campos hondos,

allí en Castilla la Vieja

durmiéndome entre molinos

y coplas rubias de siega,

y era mi vida una noria

monótona y polvorienta.

Mis hijos venían del campo,

con sus camisas abiertas,

y en el pulso de sus hombros

reclinaba mi cabeza.

Así, un día y otro día,

allí en Castilla la Vieja…

Una tarde ( por los nardos

subía la primavera… ).

Una tarde, vi tu sombra

que venía por la senda

dentro de un traje de pana,

tres vueltas de faja negra

y una voz dura y redonda

lo mismo que una pulsera.

-Buenas tardes, ¿hay trabajo?

-Sí- te dije toda llena

de un escalofrío lento

que me sacudió las venas

y me quitó de encima

diez años de vida muerta,

bordando en mi enagua oscura

una rosa dulce y tierna.

-Está bien- fueron tus gracias,

y, doblando la chaqueta

te sentaste a mi lado

en el borde de la senda.

Vive este amor de silencio

y entre silencio se quema,

en una angustia de horas

y en un sigilo de puertas.

El pueblo ya lo murmura

en una copla que rueda

todo el día por el campo

y de noche en la taberna.

Dicen que si soy viuda

y sacan el muerto a cuestas;

dicen, que si por mis hijos

me debía dar vergüenza…

Dicen, tantas cosas, tantas,

que las paredes se llenan

de vidrios y maldiciones

y hasta a veces de blasfemias.

Mi hijo el mayor (veinte años,

dulce y moreno), con pena,

me habló esta mañana: -Madre,

ese traje no te sienta,

ni esas flores, ni ese pelo,

ni ese pañuelo de hierbas…

Yo no me atreví a mirarlo,

y me sentí muy pequeña,

como si fuese mi madre

la que hablándome estuviera.

-Por nosotros, tu no debes

vestirte de esa manera…

¡Ay, por vosotros! Os di

todo el trigo de mi era;

todavía de vosotros

mi cintura tiene huellas.

¡Sangre mía que anda y vive

y a mí me va haciendo vieja!

¿Pero es que yo ya no tengo

derecho a querer? ¿Qué ciega

ley me prohíbe que al sol

deje mis rosas abiertas?

¿Y que me mire al espejo,

y que me vista de fiesta,

y que en mi jardín antiguo

florezca la primavera?…

¡Quiero y quiero y quiero y quiero!

Están en flor mis macetas;

diez ruiseñores heridos

cantan amor en mis venas,

y me duele la garganta,

y está mi voz hecha piedra

de tanto decir: “Te quiero

como a ninguno quisiera!”

¡Ay, qué montaña de amor

tengo sobre la cabeza!

¡Ay, qué río de suspiros

pasa y pasa por mi lengua!

¡Canten, hablen, cuenten, digan,

pueblo, niños, hombres, viejas…

que yo de tanto quererle

no sé si estoy viva o muerta!

 

ROMANCE DE LA VOZ EN LA SANGRE

Fue hacia la tercera luna

cuando lo sintió en los centros.

Estaba sobre la hierba,

tumbada de cara al cielo

-viendo la tarde morirse

sobre sus ojos abiertos-

cuando notó en la cintura

como un pájaro pequeño,

que aleteó por lo oscuro

de su vientre unos momentos,

y luego vino a pararse

sobre su talle, en silencio…

Fue hacia la tercera luna

cuando lo sintió en los centros…

Un ¡ay! de gozo y asombro

y otro de duda y recelo

salieron de su garganta.

Las palomas de su pecho

se erizaron de blancura,

y un temblor de alumbramiento

sacudió de sur a norte

todo el mapa de su cuerpo

e hizo crujir entre sombras

las ramas de su esqueleto…

En un brinco de gacela

se ha levantado del suelo

y ha echado a andar lentamente

por la vereda de cedros.

Parece tallada en tierra

la cara de Sacramento.

-Iré a ver a la Jacinta

lo mismo que otras lo hicieron…

Ella conoce las plantas

y sabrá darme el remedio…

-¿No te da pena matarme

antes de nacer…?

¡Qué miedo

le dio al escuchar la voz

que le salía al encuentro,

envuelta en hilos de sangre

cortando su propio aliento!

-¿Quién eres que así me hablas…?

-Ahora, nadie… casi un sueño;

mañana, si tú me dejas,

un hombre de cuerpo entero…

-¿Y qué voy a hacer, mi niño?

-Parirme como un almendro

en la mitad de la cama

con las entrañas ardiendo.

-¿Pero y mi honra?

-Tu honra

la limpiaré con mis besos:

las madres después del parto

quedan igual que un espejo…

-Pero me faltan seis meses,

seis plenilunios completos

frente a los ojos que miran

y las bocas de veneno.

-¿Y a ti qué te importa nadie?

Ponte delante del pueblo

y escúpele la belleza

de llevar un hijo dentro.

-¡Temo a las lenguas cobardes!

-Y en cambio no te da miedo

ir a buscar una planta

de sombra -flor de silencio-,

para derramar mi vida

por el primer sumidero

y que no quede del hijo

ni una fecha ni un recuerdo…

-¡Calla!

-No puedo callarme.

Una perra no haría eso:

me lamería los ojos

hasta que los fuera abriendo…

Pondría mi piel süave

lo mismo que el terciopelo

y luego ya, sin saliva,

con los dientes en acecho,

se tumbaría a mi lado

hecha un río dulce y tierno,

para que yo la dejara

hasta sin cal en los huesos.

-¡Por Dios!

-Por Él, yo te pido

que no me dejes sin cielo.

Corta sábanas de holanda;

borda pañales de céfiro;

aprende nanas azules

y planta naranjos nuevos…,

y cuando me hayas parido

como a un torito pequeño,

abre puertas y ventanas,

que me contemplen durmiendo

lo mismo que un patriarca

en el valle de tus pechos…

La voz se apagó en la sangre;

la cara de Sacramento

parece como de barro

de oscura que se le ha puesto,

y con sus manos sin pulso

se toca el vientre moreno…

¡Ay qué monte de alegría!

¡Qué rosal al descubierto!

¡Qué luna bajo la falda!

¡Qué lirio de tallo inquieto!

-¡Yo te juro, amor -mi niño-,

por mis vivos y mis muertos,

que te he de parir un día

sonámbula de contento,

aunque me escupan a una

todas las lenguas del pueblo!

 

ROMANCE DE LOS OJOS VERDES

-¿De dónde vienes tan tarde?

¡Dime, di! ¿De dónde vienes?

-Vengo de ver unos ojos

verdes como el trigo verde.

El sueño juega y se esconde

en la plaza de mi frente;

cabalgo por las ojeras

de unos ojos en relieve.

El cuarto se va llenando

de mar, de barcos y peces,

acuarium improvisado

sobre el barniz de los muebles,

mientras que la media luna

de junio roja y solemne

se suicida sobre el filo

de la mañana que viene.

-¿De dónde vienes cantando?

¡Dime, di! ¿De dónde vienes?

-Vengo de ver unos ojos

verdes como el limón verde.

Por el río de la siesta

pasa un pregón hecho nieve

persianas atravesando:

Chumbos frescos, ¿quién los quiere?

La sábana de la cama

en silencio se defiende

amortajando suspiros

bajo la cal de sus pliegues

contra dos cuerpos desnudos

que su blancura oscurece;

muslos de trigo en mis muslos

brazos delgados y ardientes

que como ríos morenos

iluminados de fiebre

se precipitan sin pulso

por la llanura del vientre

en una lucha romana

de mirtos y de laureles.

-¿Dónde naciste? -En Tarifa,

¿Y tú? -En Sevilla.

Mis sienes

están preñadas de olivos

como tus ojos de verdes.

El silencio apuñalado

vuelve a sembrar las paredes

y un sueño de torres altas

y de relojes ausentes

sobre la cama cansada

echa su capa de nieve.

-¿De dónde vienes borracho?

¡Dime, di! ¿De dónde vienes?

-Vengo… vengo de la viña

y el olivarito verde.

-¿Qué mala hierba pisaste,

quién te atravesó las sienes

con ese mal fario…? ¡Dime!

-Son las cosas de la suerte,

unos la encuentran de espaldas,

otros la encuentran de frente,

y yo me encontré a sus ojos

verdes como el trigo verde.

-¿Quieres que te haga una taza

de hierbabuena caliente?

-Quiero su voz, luna y plata

diciéndome que me quiere.

-¿Quieres que te ate un pañuelo

y te lo anude a la frente?

-Quiero sus brazos de trigo

y su cintura de aceite.

-¿Quieres que cante una nana

para ver si así te duermes?

-Quiero sentirme en el cuello

su aliento de flauta breve.

-Entonces… mi corazón,

dime, ¡por Dios! lo que quieres.

-Quiero sus ojos. Sus ojos

verdes como el trigo verde,

como el limón y la albahaca,

como el mar y los cipreses,

como las almendras nuevas,

el romero y los laureles…

Si no me traes sus ojos,

¡dile que venga la muerte!

 

PROFECÍA

¿A dónde vas tan deprisa

sin desirme ni ¡con Dió!?

Me puedes mirá de frente,

que estoy enterao de tó.

Me lo contaron ayer

las lenguas de doble filo,

que te casaste hase un mé

y me quedé tan tranquilo.

Otro cualquiera en mi caso,

se hubiera echao a llorá,

yo, crusándome de brasos

dije que me daba iguá.

Y ná de pegarme un tiro

ni liarme a mardisiones

ni apedrear con suspiros

los vidrios de tus barcones.

¿Que t’has casao? ¡Buena suerte!

Vive sien años contenta

y a la hora de la muerte,

Dios no te lo tenga en cuenta.

Que si al pie de los artares

mi nombre se te borró,

por la gloria de mi mare

que no te guardo rencor.

Porque sin sé tu marío,

ni tu novio, ni tu amante,

yo fui quien más t’ha querío,

con eso tengo bastante.

_ _ _

-¿Qué tiene er niño, Malena?

Anda como trastornao,

tié la carilla de pena

y el colorsillo quebrao.

Y ya no juega a la tropa,

ni tira piedras al río,

ni se destrosa la ropa

subiéndose a coger níos.

¿No te parese a ti extraño,

no ves una cosa rara

que un chaval de dose años

lleve tan triste la cara?

Mira que soy perro viejo

y estás demasiao tranquila.

¿Quieres que te dé un consejo?

Vigilia, mujé, ¡vigila!

Y fueron dos sentinela

los ojitos de mi mare.

-Cuando sale de la escuela

se va pa los olivare.

-Y ¿qué busca allí? -Una niña,

tendrá el mismo tiempo que él.

José Migué, no le riñas,

que está empesando a queré.

Mi pare ensendió un pitillo,

se enteró bien de tu nombre,

te regaló unos sarsillos

y a mí un pantalón de hombre.

Yo no te dije “te adoro”

pero amarré en tu barcón

mi laso de seda y oro

de primera comunión.

Y tú, fina y orgullosa,

me ofresiste en recompensa

dos sintas color de rosa

que engalanaban tus trensas.

-Voy a misa con mis primos.

-Bueno, te veré en la hermita.

Y qué serios nos pusimos

al darte el agua bendita.

Mas luego en el campanario,

cuando rompimos a hablar:

-Dise mi tita Rosario

que la sigüeña es sagrá,

y el colorín, y la fuente,

y las flores, y el rosío,

y aquel torito valiente

que está bebiendo en el río;

y el bronse de esta campana,

y el romero de los montes,

y aquella línea lejana

que la llaman… ¡horisonte!

¡Todo es sagrao: tierra y sielo

porque así lo quiso Dió!

¿Qué te gusta más? -Tu pelo.

¡Qué bonito me salió!

-Pues, ¿y tu boca, y tus brasos,

y tus manos reonditas,

y tus pies fingiendo el paso

de las palomas suritas?

Con la puresa de un copo

de nieve te comparé;

te revestí de piropos

de la cabesa a los pié.

A la vuerta te hise un ramo

de pitiminí, presioso

y a luego nos retratamos

en las agüitas de un poso.

Y hablando de estas pamplinas

que inventan las criaturas,

llegamos hasta tu esquina

cogíos por la sintura.

Yo te pregunté: -¿En qué piensas?

Tú dijiste: -En darte un beso.

Y yo sentí una vergüensa

que me caló hasta los huesos.

De noche, muertos de luna,

nos vimos por la ventana.

-¡Chssss! Mi hermaniyo está en la cuna,

le estoy cantando la nana.

¯«Quítate de la esquina,

chiquillo loco,

que mi mare no quiere

ni yo tampoco».

Y mientras que tú cantabas

yo, inosente me pensé

que nos casaba la luna

como a marío y mujé.

¡Pamplinas! ¡Figurasiones

que se inventan los chavales!

Después la vida se impone:

tanto tienes, tanto vales;

por eso, yo al enterarme

que llevas un mes casá,

no dije que iba a matarme,

sino que me daba iguá.

Mas como es rico tu dueño,

te vendo esta profesía:

tú, por la noche, entre sueños

soñarás que me querías,

y recordarás la tarde

que mi boca te besó

y te llamarás “¡cobarde!”

como te lo llamo yo.

Y verás, sueña que sueña,

que me morí siendo chico

y se llevó la sigüeña

mi corasón en su pico.

Pensarás: “no es sierto ná,

yo sé que lo estoy soñando”;

pero allá en la madrugá

te despertarás llorando,

por el que no es tu marío,

ni tu novio, ni tu amante,

sino el que más te ha querío.

Con eso tengo bastante.

Por lo demás, tó se orvía.

Verás cómo Dios te manda

un hijo como una estrella;

avísame de seguía,

me servirá de alegría

cantarle la nana aquella:

¯«Quítate de la esquina,

chiquillo loco,

que mi mare no quiere

ni yo tampoco».

Pensarás: “no es sierto ná,

yo sé que lo estoy soñando”.

Pero allá en la madrugá

te despertarás llorando.

Porque sin sé tu marío,

ni tu novio, ni tu amante,

yo soy… quien más t’ha querío…

¡Con eso tengo bastante!

 

ROMANCE DE AMOR OSCURO

Te espero al lado del puente

antes de que den las doce

El pueblo estará dormido

en lo alto de la torre,

-cigüeña de cal al aire

negro de la medianoche-,

mientras que el arroyo turbio

adornado de faroles,

será novio de una adelfa

cargada de maldiciones.

¡Amor tu debes venir

antes de que den las doce!

Llevo adentro de la sangre

un potro de aceite y cobre

que se encabrita sin bridas

cada vez que oye tu nombre,

y se desboca en espuma

de sábanas y entredoces.

¡Ay, amor, amor oscuro …

antes de que den las doce!

Que no te sienta ni el miedo

que acecha en tus corredores;

ponte sandalias de nieve;

encomiéndate a San Jorge

y ven, en un padrenuestro,

atravesando la noche,

al puente de mis suspiros

antes de que den las doce.

¡Ay amor, amor oscuro!

¡Ay amor de mis amores!

Los señores del casino

dormirán en sus sillones

con las cadenas de oro

terciadas sobre su abdomen.

Se habrá callado el piano

de la señora de Ponce,

en el acorde final

del estudio de Beethoven …

Y sólo, yo velaré

como un soldado de bronce,

centinela sin alerta

en el cuartel de la noche.

¡Amor, que vas a venir

antes de que den las doce!

 

PARA TODA LA VIDA…

¿Me quieres, amor, me quieres?

¡Sí, para toda la vida!…

y era yo quien preguntaba,

siempre soñando una espina,

siempre rondando una duda,

siempre imaginando heridas.

“¿Me quieres, amor, me quieres?”

¡Sí, para toda la vida!…

Tardes, madrugadas, noches,

mañanas y mediodías;

en el balcón, en la calle,

en el sueño, en la vigilia,

siempre, siempre preguntando,

corazón, si me querías,

y de pronto, no sé cómo,

sin una razón precisa,

mi voz amarga y cansada

se fue quedando dormida,

y cayó sobre mi alma

una lluvia dulce y fina

que se fue cristalizando

en nieve delgada y fría.

y ya no pregunté más,

corazón, si me querías.

Ahora, eres tú quien se queja,

quien pregunta y quien suspira

¿Me quieres, amor, me quieres?,

me dices con voz dolida…

y yo, de la misma forma

con que tú me respondías,

escondiendo la verdad

debajo de la mentira,

te digo ausente y lejano:

—¡Sí, para toda la vida!…

 

ROMANCILLO DE LA PLAZA MAYOR

La mendiga pedía

en la plaza mayor,

muy vestida de negro,

con un llanto en la voz.

Era una viejecita

de cuento y de dolor;

los niños la miraban

sentadita en el sol

y decían a coro:

—Perdone usted, por Dios.

Pasaban las muchachas

entre risas y flor,

entre lazos y sueños,

entre novio y canción

y decían al verla:

—Perdone usted, por Dios.

Pasaban los soldados

con un son de tambor,

muy vestidos de gala

con espuelas y ros,

y decían alegres:

—Perdone usted, por Dios.

Señoras de abanico,

señores con reloj,

pasaban y pasaban

por la plaza mayor,

diciendo entre remilgos:

—Perdone usted, por Dios.

Con un libro en la mano

también pasaba yo,

una tarde tras otra

deshojando un amor,

pero no le decía:

—Perdone usted, por Dios.

Le daba unas monedas

pensando con temor:

“Ay, si fuese mi madre

—¡no lo quiera el Señor!-

quien pidiera en la plaza,

sentadita en el sol,

y todos le dijesen:

—¡Perdone usted, por Dios!”

 

ROMANCE DE “LA LIRIO”

Por la arena de la playa

va con un hombre “la Lirio”.

La tarde pone en sus ojos

un barco de plata y vidrio,

mientras que Cádiz se enciende

a lo lejos como un cirio,

en un altar encalado

de torres en equilibrio.

-No sé qué sería de mí

si me dejaras, mocito-,

suspira dulce y lejana

y en un sollozo, “la Lirio”.

El hombre moreno y alto

con voz de viento salino

le dice mientras su talle

aprieta como un jacinto:

-Llevo tu nombre en el brazo

tatuado desde niño

y en el corazón un ancla

de juramento perdido.

Por la arena de la playa

viene cantando un chiquillo:

La Lirio, la Lirio tiene,

tiene una pena la Liro

y se le han puesto las sienes

moraítas de martirio.

Cádiz, de cal, a lo lejos,

huele a guitarra y a vino.

“La Bizcocha” es una vaca

con sortijas en los dedos,

voz de aguardiente de Rute

y cintura de brasero.

“La Bizcocha” lleva siempre

en su labio amarillento

una colilla colgada

y una blasfemia en acecho.

-¿No vino “la Lirio”?

-No,

responde una voz en eco

-¡Mardita sea…!

La colilla

cae de los labios al suelo,

como un sucio equilibrista

que cayera de un trapecio.

Y por la taberna va

un taco de carretero

que se clava en la flamenca

de un cartel de toros viejo.

En una mesa, con sorna,

canta un viejo marinero:

Se dice si es por un hombre,

se dice que si es por do;

pero la verdá del cuento

¡Ay, Señó de los tormentos!

la saben la Lirio y Dió.

Sobre el mostrador, borracha,

“La Bizcocha” está durmiendo

un sueño de peluconas

con “la Lirio” de por medio.

-¿Estará el barco en la playa?

-Estará al amanecer…

-Pos descanse usía tranquilo,

que allí se la llevaré.

-¿Y si ella no quiere, vieja?

-Poco sabe su mersé

de las razones que tiene

mi “menda” pa convensé…

¡Sincuenta moneas de oro!

¡Vaya rasones, y olé!

Y una voz entre la sombra

termina el romance aquel:

Que fue con un bebediso

de menta y ajonjolí;

que fue una noche de luna,

que fue una tarde de abrí.

-¿Dónde está mi blanca novia,

dónde está que no la veo?

(Un barco en la madrugada

se va perdiendo a lo lejos…)

-¿Dónde está “la Lirio”, dónde,

que yo sin verla me muero?

(Mocito, busca otra novia

porque esa tiene ya dueño

y va en un trono de espuma

navegando mar adentro…)

-Mira su nombre en mi brazo,

sobre mis venas latiendo,

y en mi pulso y en mi lengua

y en la punta de mis dedos.

(Para tapar ese nombre

ponte un brazalete negro…)

-¡Mira que la llevo aquí

crucificada en mis centros!

(Arráncate las entrañas

y da tu dolor al viento…)

¡Mira que de no mirarla

me estoy muriendo y muriendo!

(Pues encomienda tu alma

porque ese amor está muerto…)

Amarga, de Puerta Tierra,

viene la voz de un flamenco:

A la mar maera,

y a la Virgen, cirio,

y pa duquitas, mare de mi arma,

pa duquitas negras,

las que tié la Lirio.

Caminito de las Indias

un barco se va perdiendo.

“La Lirio” corta sus trenzas

con tijeritas de acero,

llenando el mar de suspiros

y el aire de juramentos,

mientras que, roto, en la playa

-veleta de amores muertos-,

clavando su desengaño

en la Rosa de los Vientos,

moreno de sal y luna,

llora y llora un marinero.

 

PULSO DE AMOR

Iba convaleciente

de una herida de amor en el costado;

iba casi inconsciente

cuando te vi a mi lado

y hasta el pulso por ti se me ha parado…

Buscaba mi cintura

un brazo que de noche la ciñera,

ansiaba con locura,

un labio que se uniera

a mi boca cansada por la espera…

Buscaba un hombro amigo

en dónde reposar la madrugada

y un tibio olor a trigo,

una mano apretada

y el divino calor de una mirada.

Estaba tan vacía,

tan harta de soñar y tan sin sueño,

tan lejana y tan fría,

tan libre y tan sin dueño,

que tan sólo morir era mi empeño…

Por lo cual, asombrada,

me quedé contemplando al mediodía

tu figura delgada,

tu süave armonía

y tu casi perfecta geometría.

Alegres nos miramos

en la tarde morada de violetas

y después caminamos

por plazas recoletas

salpicadas de rejas y macetas.

Y de noche temblando,

perdida entre la niebla de tu viento,

me bebí suspirando

la menta de tu aliento,

en un beso apretado, dulce y lento…

¡Qué espesa la saliva!…

¡Qué lejano el rüido de la calle!…

Y el labio cómo iba

-mariposa en el valle

de la espalda- …buscando el fino talle…

Se desbocó en mi frente

el pulso como un perro malherido

y paralelamente,

te sentí, en un gemido,

doblarte en mi garganta sin rüido.

Y después… la almohada,

pesarosa del rizo y la postura

y la sábana helada,

-mortaja de blancura-

plisándose sin voz a mi cintura.

 

NOVIO

Novio, novio mío,

siempre novio.

Hace que somos los dos

seis años unos del otro.

Tu boca miel de la mía,

tus ojos luz de mis ojos.

Novio, novio mío,

siempre novio.

Por el jardín los dos juntos,

bajo el laurel los dos solos,

y en nuestro amor embebidos,

pendientes uno del otro.

Saben lo que me preguntas

y saben qué te respondo.

Saben que por más que sepan,

saben de los dos bien poco.

Nadie comprende lo nuestro,

es algo maravilloso.

Nadie nos pregunta nada

porque ya lo saben todo.

Novio, novio mío,

siempre novio.

Por la tarde los dos juntos

por la noche los dos solos,

por la mañana cogidos

del brazo el uno del otro.

No nos casaremos nunca,

y siempre seremos novios.

 

ROMANCE DE VALENTIA

Era mu poco en la vía

Tan poco que nada era,

Por no tene no tenía

Ni mare que lo quisiera.

Era un triste afisionao,

Que buscaba la ocasión

De dejar en un cerrao

Frente a un toro el corazón.

Romance de valentía

Escrito con luna blanca

Y gracia de Andalucía

En campos de Salamanca.

Embiste, toro bonito,

Embiste, por caria…

Morir se me importa un pito,

Pues nadie me iba a llora.

Aquí no hay plaza, ni hombre,

Ni traje tabaco y oro.

Aquí no hay plaza, ni hombre

Que esta delante de un toro.

En matarme no repare,

Te concedo hasta el perdon…

Y como no tengo mare,

La macarena me ampare

Si me cuelgas de un pitón.

Todas las noches saltaba

Sin miedo la talanquera

Y a cara o cruz se jugaba

Al toro la vía entera.

Quiza fuera colorao

Er bure que lo embistió

Y mordiendo su costao

Malherio lo dejo.

Romance de valentía

Teñio con luna blanca

Y sangre de Andalucía

En campos de Salamanca.

Adiós, plaza de Sevilla,

Ya nunca me habrás de ve,

Pisar tu arena amarilla,

Con tanto que lo soñé,

Adiós,capote de sea,

Que fuiste mi compañero,

Morir en esta pelea

Es cosa de buen torero.

Ya vestío de alambres

No ha de verme la afision

Y como no tengo mare,

La macarena me ampare

Y me de su bendición.

Y allí quedo entre al fiera,

Ninguno la vio cae,

Nadie reso tan siquiera?

Ni un Padre Nuestro por el…

Por el ninguna serrana

Lloro de luto vestía…

Por el ninguna campana

Doblo amaneciendo el día.

Pero en cambio entre asusena

Y entre velas enrisa,

En San Gil, la macarena,

Ay, si que lloraba de pena

Por la muerte der chava.

 

CALLEJUELA SIN SALIDA

Había un anillo en tu mano

Cuando yo te conocí,

Por eso, serré los ojos

Al escucharte desí:

Serrana,

Yo te lo juro por la Gloria de mi mare

Si tu me quieres de vera,

No hay nadie que nos separe.

Y cuando tu mano, como una cadena

Fundida en la mía,

Pa’ siempre quedó,

Sentí que tu anillo

Temblaba de pena,

Pero pa’ se quena no tuve való.

Callejuela sin salía,

Donde yo vivo enserrá,

Con mi pena, mi alegría,

Mi mentira y mi verdá.

Me he perdido en la revuelta

De un sortija dorá.

Ni estoy viva, ni estoy muerta

Ni sortera, ni casá.

Y en mi calle sin salia,

Ya no puedo caminá,

Ni de noche, ni de día,

Ni p’alante, ni p’atrá.

El nombre que estaba escrito

Dentro del anillo aqué,

Vestío de Negro luto

Se nos vino a aparesé.

Serrano,

Dios te lo pague,

Así queria yo verte,

¡Vivan los hombres cabales!

Ya somos dos a quererte.

Y no hubo un reproche,

Ni grito, ni un llanto,

Porque aquél anillo tenia rasón,

Y yo que me muero de quererte tanto,

Te dije anda y cumple con tu obligasión.

Callejuela sin salía,

Donde yo vivo enserrá,

Con mi pena, mi alegría,

Mi mentira y mi verdá.

Me he perdido en la revuelta

De un sortija dorá.

Ni estoy viva, ni estoy muerta

Ni sortera, ni casá.

Y en mi calle sin salía,

Ya no puedo caminá,

Ni de noche, ni de día,

Ni p’alante, ni p’atrá.

La rason clavo mi puerta

No puedo entrá ni Salí

Ni estoy viva, ni estoy muerta

Ni contigo, ni sin ti.

Y en mi calle sin salía,

Ya no puedo caminá,

Ni de noche, ni de día,

Ni p’alante, ni p’atrá.

 

MARÍA MANUELA, ME ESCUCHAS?

Yo de vestíos no entiendo,

pero… ¿te gusta de veras

ese que te estás poniendo?

Tan fino, tan transparente,

tan escaso y tan ceñío,

que a lo mejor por la calle

te vas a morir de frío.

Te sienta que eres un cromo,

pero cámbiate de ropa,

si es un instante, lo justo

mientras me tomo esta copa.

Ponte el de cuello cerrao

que te está de maravilla

y que te llega dos cuartas

por bajo de la rodilla.

Cada vez que te lo pones

te encuentro tan elegante

que dentro de mí murmuran

los duendecillos de un cante.

“La rosa que me entregaron

al pie del altar mayor

lleva las sayas cumplías

y nadie le ve el color”.

Pero antes de que te vistas

coge un poco de agua clara

y afuera los melinotes

que te embadurnan la cara;

ni más carmín, ni más cremas,

ni más tintes en el pelo;

no te aguanto más colores

que los que te puso el cielo.

Se acabó enseñar las piernas,

y los brazos, y el escote,

y el rostro no te lo pintes

ni aunque te salga bigote;

que te hizo Dios tan hermosa

como una rosa temprana

y se va a enfadar contigo

por enmendarle la plana.

Y a tu prima le devuelves

la pulsera de brillante,

son mucho lujo esas piedras

pa la mujer de un tratante.

Te quiero guapa y sencilla

como yo te conocí,

no tienes que engalanarte

pa nadie más que pa mí.

Ni más zapatos de Gilda,

Ni más turbantes de raso;

para presumir te sobra

con cogerte de mi brazo;

y como un día te vea

que enciendes un cigarrillo

vas a echar, entrañas mías,

el humo por los tobillos.

No quiero que me pregunten

“Esa gachona, ¿quién es?,

¿una secretaria de esas

que beben champán francés?”

Ni tú eres mujer moderna

ni quiero que lo aparentes

que yo te prefiero antigua

y oliendo a mujer decente.

Que con el triguito limpio

toito er mundo te compare,

que por defuera y por dentro

te parezcas a mi mare.

¿Te cambiaste ya el vestío?

Pues andando p’al teatro,

ya verás tú con qué envidia

nos contemplan más de cuatro:

“¡Vaya un marío con suerte

y una mujer bien plantá,

es una vara de nardos

con la carita lavá!”.

Y al salir yo te prometo

cantarte por alegrías,

lo mismo que te cantaba

cuando tú eras novia mía:

“Mi novia es la más hermosa

y no se pinta la cara

la tiene como una rosa

tan sólo con agua clara”.

El barco de mis amores

no tiene más que una vela

remendaita y graciosa

igual que María Manuela.

Se conforma mi niña con un vestío

y le basta y le sobra con un marío.

De percal que se ponga,

¡viva el salero!,

es mi María Manuela

la reina del mundo entero.

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